N: - ¿Vas a la marcha?
E: - Quizá me mande…
Durante todo el viaje intenté convencerme de que no iba a ir, eran muchas las ganas de verlo y no encontrarlo podría haber sido demasiado frustrante. Sin embargo la primera imagen que me atravesó cuando llegué a la columna fue la de él, intenso y en cuero, tocando el bombo y reviviendo el agite y la mística que siempre despierta nuestra organización. Recordé que la última vez que nos habíamos visto yo también me había perdido en la imagen que lo envolvía, cantando extasiado delante del cordón policial “a nuestros pibes no los vamos a olvidar”. Es así: desafiante, vagabundo y hasta un poco tímido. El color trigueño de su piel no viene precisamente de las playas de Gesell y lo fibroso de su cuerpo tampoco nace de un gimnasio. La imagen es hasta poética, se le nota la calle y destila revolución por cada uno de sus poros.
Tiene al barrio metido en las venas, vive en él, en su gente. Es verdad, a él la calle le enseñó lo que a mí me describen los libros... Es verdad, a él la vida le enseñó a la fuerza el concepto de "popular" con el cual yo intelectualoideo tanto.
Su filosofía no es presocrática y dudo que conozca los pensamientos de Nietzsche que tanto me inspiran. Es increíblemente clasista: “desde abajo, con los de abajo y para los de abajo”. A veces me siento estúpida cuando intento explicarle las diferentes formas de opresión, él sabe a la perfección lo que es ser un paria social y explica con una sonrisa el lugar que le dio la militancia y como supo transformar su dolor para poder construir a partir de él.
Lo observo durante todo el recorrido, de Congreso a Plaza de Mayo, realmente no quiero perderlo de vista. No nos acercamos mucho, yo estoy con “los pibes” y entre ellos hay algunas diferencias, lo que nos mantiene distantes durante la caminata.
Ya en la plaza finalmente nos buscamos. Intentamos cruzar algunas palabras acerca de aquella charla sectorial pero el ruido del altavoz mezcla nuestras chicanas con las voces de Andalgalá.
N: - No se puede hablar acá. ¿Nos tomamos una birra? Pago yo.
E: - Debería irme, tengo un re viaje… Bueno, vamos…
Camuflamos la cerveza en una botella de plástico y nos sentamos a los pies de la Catedral. Intentamos explicarnos cuál es el laburo que hacemos dentro de nuestros espacios de base, buscamos puntos de acuerdo y discutimos nuestras diferencias acerca de la multisectorialidad.
E: -No quise decir que para luchar por los pobres hay que ser pobre y no te estaba atacando…
N: -Pero es lo que dijiste.
E: -Puede ser que me haya equivocado. No conozco cuál es el laburo de la Juan Salvo… puede ser que sea un poco prejuicioso.
Me mira extrañado cuando nombro a Rodolfo Walsh, me pregunta qué significa "refutar" y se ríe cuando le señalo que "el Che era médico y de clase alta"…
E: -¿Y qué hizo? Se desclasó y encaró otro rumbo... se fue con los pobres.
N: -Desclasarse no es hacerse pobre. Es luchar junto a ellos y dejar de pensar a las cosas por una cuestión de clase social.
Un pedazo de alambre suplanta la pata izquierda de sus lentes:
E: - Odio los lentes. Primero porque no tienen la onda que yo quería, segundo porque igual no veo un pito, tercero porque salen carísimos y sale carísimo arreglarlos y cuarto... no sé.
N: - Y cuarto… porque igual se te ven los ojos claros.
Se ríe y asienta. Dice ese tipo de estupideces, que odia sus ojos "porque lo hacen re burgues" pero la realidad es que tiene unos ojos hermosos, azules color infinito, con un delineado natural que sale de las pestañas largas. Lo verdaderamente especial es su mirada, tan llena de lucha, tan llena de calle.
Cuando uno realmente se detiene a escucharlo entiende por qué en reiteradas veces choca con tanto resentimiento sectorial. Ahora entiendo las palabras de Luca: “escuchalo, aprende de él…”
Yo podría citarle un millón de frases del Subcomandante Marcos, pero realmente no sé lo que es que te canse el comer arroz.
Mientras lo escucho se agudiza la crisis sectorial en la que estoy inmersa:
E: - Vos serías una muy buena militante en la territorial. Yo no sé si soy militante del Frente… yo soy militante del MTD.
Vamos comentando anécdotas. Yo también las pasé, quizá no como él, pero mi pasado no es como lo imagina. Él me señala que cada vez que hablo “pareciera que intento justificarme”, yo trato de que entienda que mi camino no se debe a la culpa de clase.
E: - Igual el otro día me malentendiste. Si sos o no sos una peque a mi no me importa, no estoy juzgando lo material, yo te evalúo por cómo te mostras. Que seas una peque no es un problema para mí, no es un impedimento ni nada.
Me irrita que me llame pequebus, no solo porque no me reconozco como tal, sino porque en ese momento los dos estamos ahí, en el mismo lugar, en la misma lucha, con la misma bandera. Y yo sigo ahí, lo miro perdida, lo miro fascinada.
En la botella de plástico ya no queda ni una gota de birra. La charla fue increíblemente productiva, llena de miradas y sonrisas cómplices. Somos dos partes de un mismo mundo y finalmente yo comprendo algunas de sus palabras.
Me sonríe cuando hablo de las doñas y las compañeras de la juventud territorial que conocí en la toma de tierras en Mar del Plata, tras sus ojos veo que el prejuicio se aleja. Hablamos de casillas, de calles de tierra y de torta fritas en la copa de leche… siento que quizá en ese momento entiende que también soy capaz de meter los pies en el barro y eso lo acerca un poco más a mí.
Me acompaña hasta la boca del subte. Me cuenta de aquel día en que se peló con un cana y se ofusca cuando dice “ahora tengo que ir al juzgado a cumplir servicio comunitario por resistencia a la autoridad”. Él cree que “los que son como vos a veces se sienten superiores porque leyeron más libros…” sin embargo yo no me animo a decirle que a su lado me siento una nada, que me emociono cuando leo a Galeano escribir acerca de “los nadies” pero que él es uno de esos nadies: “los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada…” Eduardo no escribe para mí, ni escribe para que yo lo admire, escribe para ellos.
Me sigo cuestionando esta costumbre fastidiosa de hablar de “ellos y nosotros”, ahí somos lo mismo, él no sabía quién era hasta que lo mencioné, yo no sabía quién era hasta que lo mencionó, pero ambos estábamos en el mismo campamento el día que nos conocimos y fue él el que se reía de mi mientras me enseñaba a rapear.
Nos abrazamos y cruzamos una mirada penetrante… no intentar ese beso hubiera sido estúpido, me lo hubiera reprochado infinidad de veces. Me recibe en su boca pero se aleja instantáneamente. Le señalo que igual me fastidian los histéricos (me encanta cuando peleamos):
N: - Prefiero que me digas que está todo bien pero no, a que me hagas este tipo de cosas.
E: - No todo es blanco o negro, a veces hay verdes y amarillos. No quiero decirte que no. Me caes muy bien y quiero conocerte.
Otros cuarenta minutos de charla nos retienen. Él tiene mil historias para contar y yo me voy desarmando mientras lo escucho. La despedida se repite, el abrazo, su mirada:
E: -Un pico te voy a dar…
Me río, lo beso y otra vez nos quedamos mirándonos a tan solo centímetros de distancia:
N: - Estoy dejando mi dignidad acá ¡el domingo no me voy a animar ni a saludarte!
E: - ¡No vale! Me dijiste que el domingo nos íbamos a tomar otra birra…
N: - Si, pero yo ya no te voy a buscar, espero que lo sepas.
E: - Yo también te puedo buscar…
Mientras bajo las escaleras del subte se asoma por la baranda y me mira mientras me voy. Se ríe y me dice “sos peligrosa eh! Nos vemos el domingo…”.
Yo me sigo preguntando si realmente importan tanto nuestras diferencias materiales… ¿no tendremos los dos algo para enseñarle al otro?
El lujo es vulgaridad –dijo- y me conquistó.
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