Al fin y al cabo ya era tanta la obviedad que los tres nos fuimos a tomar esa birra. Después de todo yo no había viajado 400 km para contar una historia de desencuentros, y las tensiones lugareñas ameritaban una fresca frente al mar como forma sana de distensión mental.
Las formas obvias de las que hablo -expresadas anteriormente en frases como "¿sabes que sabía que ibas a estar acá?"- se ve que no se manifestaron tan claramente ante El Piro, quien se dispuso a venir con nosotros para seguir personajeando.
Caminábamos los tres hasta el muelle al tiempo que las discusiones iban cambiando de orientación y nos arrastraban de un tema a otro. La necesidad rotunda de Piro era el debate capitalino en una situación menos orgánica y referenciable. Así fue como la noche empezó a correr y nuestros tiempos iban consumiéndose en refutaciones políticas interminables.
Para el momento en el que nos dimos cuenta que las horas nos estaban pesando en los párpados, nuestro historiador amigo se ofreció a acompañarme. La mirada que ambos debimos haber arrojado -entre nosotros y dirigidas a él- debe haber sido tan contundente que finalmente se dio por vencido y decidió emprender el retorno solo.
Caminábamos los tres hasta el muelle al tiempo que las discusiones iban cambiando de orientación y nos arrastraban de un tema a otro. La necesidad rotunda de Piro era el debate capitalino en una situación menos orgánica y referenciable. Así fue como la noche empezó a correr y nuestros tiempos iban consumiéndose en refutaciones políticas interminables.
Para el momento en el que nos dimos cuenta que las horas nos estaban pesando en los párpados, nuestro historiador amigo se ofreció a acompañarme. La mirada que ambos debimos haber arrojado -entre nosotros y dirigidas a él- debe haber sido tan contundente que finalmente se dio por vencido y decidió emprender el retorno solo.
Nosotros dos nos quedamos ahí, todo estaba tan claro que hasta se ponía incómodo. Sólo habíamos podido regalarnos algunos besos en momentos intermedios a las responsabilidades que estábamos asumiendo. Me animé a decir que tenía ganas de bajar a la playa. Los dos hablábamos de nuestra debilidad ante el ruido de las olas de noche; es algo constante: las olas rompen, se estrellan, suspiran y calman antes de volver a impactar.
En algún momento recordamos la situación que habíamos vivido semanas atrás -que era la misma que me había obligado a sacar esos pasajes para volver a verlo-. En aquella ocasión habíamos estado durante toda la noche haciendo guardia hasta que decidimos terminar con nuestra tarea frente al río. Yo le decía que no había nada más lindo que el amanecer frente al mar; él insistía en resaltar que el río no era mar y que no íbamos a poder ver el amanecer porque estaba nublado... también insistía en las trabas morales que tenía(mos) para poder estar juntos. Esa noche no había nada para refutar: estábamos solos... y ahí estaba el mar.
Nos comimos -literalmente- a besos: esos con sabor a ganas contenidas, esos difíciles de olvidar. Nos acariciábamos con un amor que no nos teníamos y nos mirábamos con una pasión envuelta en admiraciones.
El cansancio se hacía insostenible, aún así no dejó de acariciarme hasta quedarnos dormidos sobre la arena.
Finalmente me regaló un amanecer de besos en el cuello. Yo no podía dejar de repetirle lo lindo que era.
Tuvimos que apurarnos en la partida y comprar esas medialunas para evitarnos el reto.
No hicieron falta más palabras para el momento en el que volvimos a quedarnos solos (después de ese desayuno). Ahí, en esa mañana nos arrancamos la ropa por primera vez y nos calamos la piel y los huesos.
Los días siguientes no pudimos dejar de inventar contratiempos para vernos. Ya no importaba si el hueco libre le correspondía al sueño. Dormíamos de a cuotas y volvíamos a nuestra obligaciones: para con nosotros y para con nuestros deberes.
La última noche lo encontré preparando el colchón en el comedor. Teníamos angustia en los ojos y en las manos, nos tocábamos como si estuviéramos archivando las sensaciones para cuando ya no nos tuviéramos. De a ratos sus ojos celestes se clavaban en mi mirada y se congelaban ahí. En algunos de esos lapsos temporales me animé a preguntar:
- ¿Qué es lo que estas pensando?
- Que la pasé demasiado bien.
- Me gustaría vivir más cerca...
- Y... son 400 km.
La mañana nos encontró y el beso de despedida duró más de lo que debería. La sonrisa estancada en nuestros rostros se contradecía con la sensación de vacío que sentí cuando lo vi partir. Todo termina, incluso los viajes, incluso los amores temporales.
Durante las semanas siguientes no pude sacarlo ni un segundo de mi cabeza. Hoy, casi seis meses después, y a sólo semanas de volver a encontrarlo, lo recuerdo con esa misma calidez.
Cada tanto hablamos, discutimos y damos parte de nuestras vidas y nuestros puntos de vista. Yo sé que su risa es la más contagiosa y que los ojos se le achinan hasta el punto de desaparecer.
Nada es lo mismo -y dudo que volvamos a conectarnos con esa particularidad- pero le tengo un afecto inexplicable. Cada tanto nos recordamos que nos queremos. Estamos cerca de volver a abrazarnos. Tuve en algún momento esa promesa firme de volverte a ver.
Todos deberíamos guardar en la memoria una historia tan digna de contar. Esas que no se contaminan por factores tan odiables como la distancia, la misma que hace que las sensaciones no mueran.
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