Escribí el mensaje cinco veces antes de mandarlo... CINCO. Era algo sumamente sencillo: sólo arrojar la piedra, tantear el terreno. Dejo de verte justo cuando hacerlo llama mi atención, leyes de Murphy si las hay: que todo siempre salga alversre.
La wilusa era yo si pensaba que podías llegar a contestar... como si no supiera cómo se manejan estas situaciones, esas que se dejan a medio hacer.
Quizá fue la sensibilidad que me dejó la espera absurda -ese sentimiento psicopelotudo del otoño- lo que causó que la noticia que me diste se haya clavado de tal manera en el corazón. Sin vueltas (¡¿vueltas para qué?!) ni pausa alguna. Es que... ¡claro!... vos tenes derecho absoluto a re-hacer(te), jamás lo cuestionaría.
Vuelvo ser egoístamente egoísta y reacciono como puedo: intentando explicar el por qué de mi probable ausencia, invento el "sentirme incómoda", "estar de más" para no decirte lo que en realidad me estoy planteando: que si te rehaces yo me quedo sin hombro, que si te rehaces ya no te tengo a mi antojo (cuando quiero, como quiero y si lo quiero... ¡¿eh?! pero si hasta hace una semana ¡no lo querías ni ver!... si hasta hace dos horas esperabas ¡que otro te diga que si!)
Perdón... juro que de manera implícita me disculpo por mis miserias -aunque no vaya a decírtelo... como si nunca te hubieras peleado con mi orgullo, sabiendo como nadie lo que soy cuando me convierto en pared-.
A nadie, a N A D I E le deseo tanto la felicidad como a vos, me lo repito todo el tiempo: no hay nadie que la merezca más que vos... que sos de esos que se entregan por completo -si lo sabré yo-.
Lo que siento es que vuelvo a quedarme sin mi pierna izquierda. Sin vos, que sos lo más presente que me queda del pasado.
Para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico de Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes sobre la mesa de luz.
Rayuela
Julio Cortázar
No hay comentarios:
Publicar un comentario