03 agosto, 2012

Llueve sobre mojado

Llueve. Llueve de ambos lados de la ventana. 
Llueve la piel, llueven las pupilas y llueve la mirada de perro asustado agachando las orejas y pidiendo compasión. 
Llueve la culpa de un error hormonal. Llueve la ansiedad de no dar paso al tiempo. Llueve la angustia de no controlar a los instintos asesinos y boicoteadores de esta semana de verborragias innecesarias y heridas profundas. 
Llueve, claro que llueve. 
Llueven las emociones exageradas. Llueven los inconformismos que me invento y las cosas que no sé callar. Llueve la impaciencia. 
Llueve y en esta lluvia no te espero, trato incluso de no buscarte, a sabiendas de que en una mala jugada mía vas a tomar tus restos y sin muchas palabras vas a partir. 
Llueve la culpa del sentir equivocado -hormonal, repito-. 
Llueve la bronca de no poder controlar el tiempo, de no poder dar marcha atrás y entibiar el hervor de un mal día de lluvia con alguna canción que me saque a bailar. 
Llueve ese llamado equivocado. Llueve el tirón innecesario. 
Llueve la espera y el miedo de sentir que estoy a un suspiro de perder la sonrisa que sólo vos pudiste devolverme. Llueve de pensar que no vas a erizarme los poros en mis próximas mañanas. 
Lluevo yo, por todos lados, llena de pérdidas y filtraciones. Me llueve el alma a modo de diluvio que no lava ni arrastra nada, solo embarra y niebla y chapotea tratando de sacar cabeza a flote para respirar, poner stop y entender cómo pasó. 
Lluevo porque entiendo que te lloví las pelotas. Lluevo por el miedo de no poder dar marcha atrás en este engranaje de secuencias mal encaradas, mal expresadas. 
Llueve el insomnio, la espera que desespera, llueve la noche, llueve el invierno si no lo pienso en tus brazos.




Y después de llover, 
un relámpago va, 
deshaciendo la oscuridad, 
con besos que, antes de nacer,
morirán. 

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