Sin embargo, en cada uno de nuestros encuentros gobernaba el niño interno. Nos atravesaba la risa y el juego constante. Y en esa mirada, la que se cruzaba cada vez que empapados chapoteábamos en los charcos de lluvia, la línea se achicaba hasta volverse casi imperceptible. Y todo el tiempo oscilábamos entre el límite externo y el deseo interno. Cada tanto lo controlábamos, lo volvíamos racional. Sin embargo, a veces, se nos colaba por las manos y en las sonrisas.
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