14 marzo, 2014

Lo confuso era que nosotros sabíamos que no podíamos estar juntos. Éramos completamente conscientes de que entre nosotros existía una gruesa línea impuesta por esos problemas que tienen los grandes -categoría en la cual todavía me cuesta sobrevivir-. 
Sin embargo, en cada uno de nuestros encuentros gobernaba el niño interno. Nos atravesaba la risa y el juego constante. Y en esa mirada, la que se cruzaba cada vez que empapados chapoteábamos en los charcos de lluvia, la línea se achicaba hasta volverse casi imperceptible. Y todo el tiempo oscilábamos entre el límite externo y el deseo interno. Cada tanto lo controlábamos, lo volvíamos racional. Sin embargo, a veces, se nos colaba por las manos y en las sonrisas.

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