21 abril, 2014

Oxidada

Esa endiablada nostalgia que te trajo hasta acá, hasta a mi, ahí donde hace tiempo no estás. 
Soy un edificio dinamitado, una travesía sin puerto, un andén descarrilado. Soy este cotidiano soporte de mis partes demolidas. Soy el intento constante de eso que busca renacer. 
Miro dentro del hueco que a pesar del tiempo desarma y sangra, y me recuerdo enrabiada de carnes y deseos agónicos. Y entonces confieso que también soy ésta a la que se le endurece la mirada cuando se cruza con el agravio de amarte. Amarte en ese vacío que ocupas, amarte de a pedazos, de a recuerdos. Amarte por contraposición: por la desidia de ya no amarte. 
Soy en este pozo un manojo de desespero. Soy el miedo, el nudo en mi garganta y la tristeza apretada que aplasta en el pecho. 
Tras la poda de los dolores no me quedará gran cosa, esta mirada agitada y un pasado de inseguridades melancólicas que quizá nadie quiera curar. 
Agonía hormonal que ataca la madrugada de este martes que pasará sin dejar ninguna huella en el calendario. Hoy nadie va a quebrar mis labios, hoy nadie me erizará la piel ni me estallará el corazón. 
Por eso hoy me permito reclamar las risas que alguna vez inundaron estas cuatro paredes que ahora se empapan de llanto iracundo ante esa falsa y recurrente premisa de creer que ya nadie va a amarrarme el alma. 
Escupo estas palabras de tripas revueltas, de estar doliéndome de ti y del mundo sólo por este instante. Cuando este diluvio interno ceda dejaré de oxidarme y de buscarte y saldré de nuevo para volver a ser este intento de mí que se aferra a todo aquello que carezca de sentimiento. 
Sabré reconocerme cuando con todo este delirio desaloje mis palabras. Así dejarás de ser mi primera isla en el naufragio, desbordará como el agua el olvido y volveré a recordarme como ese cuerpo que alguna vez hirvió de vida. 
Mantengo intacta la firmeza de volver a ser mía y de sostenerme en este equilibrio desequilibrado, en este casillero impar y solitario de esa Rayuela que alguna vez dibujamos para los dos. Y quizá algún día te perdone que seas feliz. Y quizá algún día me perdone ese absurdo error de haberte amado tanto, tanto. 

Quiero llorar porque me da la gana, 
como lloran los niños del último banco, 
porque yo no soy un poeta, ni un hombre, ni una hoja, 
pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado.
Federico García Lorca


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