08 junio, 2014

Dieciséis

Nadie le preguntó al Tiempo si estaba contento de ser Tiempo. De pasar rápido, lento. De pasar, que sé yo.
Hay días que parecen estar así, dormidos en el almanaque; fechas que se mantienen en pausa. Cuando se acercan es como si el techo se desplazara un poco más al borde de la cabeza, rozando; la tregua se termina y el aire pareciera no ser suficiente.
Mamá estaba ahí, como siempre al pie del cañón; desde la primera fila sonreía con el pecho inflado. Me resultó imposible no subir al escenario pensando eso de si el viejo estaría orgulloso de mí... 
Al Tiempo quizá no le importe pero a mí sí, que los años parecieran robarme de a poquito algunos recuerdos, esfumando su rostro, distorsionando su voz. Y entonces creo que este año no va a dolerme pero de golpe y a la primer distracción la puntada se hace presente ahí, desde la planta de los pies.
Y junio arde rojo. Junio me arde rojo de lucha... y de vos. De esa imposibilidad de que no me duelas en la boca del estómago, de ese capricho de que la ausencia se vuelva presencia que me dice suavecito que no vas a estar. Junio duele de mirar las fotos intentando encontrarme ahí, encontrarte ahí.
Junio me arde rojo y después pasa, siempre pasa, todo pasa.

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