Podría reproducir todas y cada una de nuestras conversaciones, con sus puntos y comas, con la respiración agitada de cada tono, sintiendo el mismo olor a caricia de fogón. De noches enteras con los ojos clavados en la pantalla, dentro de la pantalla, con los párpados empalagados de leerlo, de admirarlo a cada palabra.
-Buenas noches mi Leona.
-Buenas noches Gacela.
Y la descripción de los sueños y los besos que viajaban desde aquel kilómetro y aterrizaban justo acá, justo en mis dedos ya cansados de escribir. Aquellos encuentros casuales, aquellas salidas en las que nos rodeábamos de amigos, los abrazos de cuerpo entero, el interminable histeriqueo y los celos sin razón. La película que dirigía en mi cabeza, ese libreto que escribías para mí a cada noche.
Ese beso me lo diste tarde, era el más esperado, el más deseado… tarde. Me subí al colectivo, te confesé que estuve a un suspiro de bajar y correr a buscarte otra vez, porque así tenía que ser, porque la historia que escribimos siempre fue digna de un relato de aquellos…
Y hoy descansamos en ese “Hola Nuchyta querida, ¿cómo estás?” y todavía se siente el frío. Y nos preguntamos sobre la vida y planeamos esa juntada que hace tiempo nos prometemos pero que sabemos que no se va a dar. Siempre nos vimos mejor como grandes amigos, porque nos entendemos a la perfección y porque nos envolvemos en esa literata tan rebuscada que al fin y al cabo nos encerró.
Todavía no puedo leer a Cortázar sin recordarte, es que todo eso es tan vos y tan yo. Y sigo esperando esa novela en la que te escribiste, en donde me prometiste un capítulo que seguramente será más enroscado que éstas simples líneas que yo te puedo dedicar.
Y como no quiero ser egoísta, como no quiero empalagarme sola, comparto aquel capítulo VII que me dedicaste alguna vez:
"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua."
Julio Cortázar, Rayuela.
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