El problema no es el otoño, ni la lluvia, ni la soledad, ni este amague de gripe en puerta. El problema es el proceso de desestructuración en mi calendario de estaciones.
Hace tiempo que asumo que otoño es la estación predilecta de mi estado de ánimo para afrontar pérdidas. Otoño es la estación del adiós constante: los finales, las despedidas, los desapegos, el telón... las hojas crujientes que caen... los recuerdos de un Junio que borraría del almanaque.
Este otoño que empieza y desgarra no es igual: no tengo nada de lo que pueda desprenderme de manera sentimental. El destino quiso girar la ruleta, por simple capricho -o quizá para salirse de su rutina, porque le dolían los pies- y el verano me encontró afrontando situaciones de otoño.
¿Qué queda entonces para estos meses? No importa el esfuerzo que hagas: vas a aprender que un clavo no saca a otro clavo ¡a la fuerza! Se te van a escapar los intentos de las manos, vas a embarrarla aún más en el intento de aferrarlos fuerte para que no se escapen. Así: a la fuerza lo vas a entender. Vas a tener que asumir que todo tiene su tiempo y lugar (y la voz de Danel resuena trilladamente en mi cabeza: las cosas suceden cuando tienen que suceder, deja de pelearte con las energías.)
Como todo finalizó, estoy a la espera de que algo comience, aunque no sepa qué, ni dónde, ni cómo... mientras más me lo pregunto más me convenzo de que no voy a poder resolverlo matemáticamente, no es algo que pueda controlar, no es algo que pueda decidir (justo a mi, que me da vértigo la incapacidad de auto-control ante determinadas situaciones.)
Otoño sigue siendo otoño: las hojas amarillas se amontonan y junio continúa ahí, siempre sumando un año; pero este otoño no es tan otoño y yo ya no soy tan yo, porque estoy pensando en lo que debería ser (o en lo que me gustaría que pase.)
Cuando llega el otoño, millones y millones de mariposas inician su largo viaje hacia el sur, desde las tierras frías de la América del Norte.
Un río fluye, entonces, a lo largo del cielo: el suave oleaje, olas de alas, va dejando, a su paso, un esplendor de color naranja en las alturas. Las mariposas vuelan sobre montañas y praderas y playas y ciudades y desiertos.
Pesan poco más que el aire. Durante los cuatro mil quilómetros de travesía, unas cuantas caen volteadas por el cansancio, los vientos o las lluvias; pero las muchas que resisten aterrizan, por fin, en los bosques del centro de México.
Allí descubren ese reino jamás visto, que desde lejos las llamaba.
Para volar han nacido: para volar este vuelo. Después, regresan a casa. Y allá en el norte, mueren.
Al año siguiente, cuando llega el otoño, millones y millones de mariposas inician su largo viaje…
El vuelo de los años, Bocas del tiempo.
Eduardo Galeano.
Ya ni bronca me da, no lo puedo seguir,
de una flor al cajón el prefiere vivir,
perdiendo la razón es como quiere ir.
Se me planta de rodillas, como quien desesperado,
trata de pedir limosnas de sí mismo para ver.
Si le llega lo posible, si promete lo soñado,
jurando que mano a mano no se puede enloquecer.
¿Y hoy como andas? Tengo ganas de mí,
pero me enoja reflexionar.
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