Pienso que podría servirme más y servirte menos. Que podría estar más a disposición mía que atada a tus tiempos y tus espacios. Y que debería entregarme más a mis placeres que a los tuyos. Y que no tendría que tropezar con esta agonizante espera de algo de vos.
Que podrías estar allá y estar acá. Que no deberías arañarme tanto el corazón. Que solo una palabra bastaría para no sentirte lejos cuando te vas.
Y pienso también en la marea de pensamientos revueltos que me dejó aquella conversación inoportuna de viernes de madrugada con altos grados de alcohol. Y me recuerdo bailando y sonriendo. Y me recuerdo diciéndole que no. Y había un tinte soñador en las palabras gastadas de haberlas dicho tantas veces antes de terminar extasiados sobre el colchón, con olores amarillentos de sexo sin amor. Amor a medias. Bailo y te miro como una puta para despertar tus deseos y que tengas que tragarlos con ese vaso de cerveza que me compartís.
Y paso de vos a él y de él a vos. Y no busco repetir historias. No busco entregarme más de la cuenta por miedo a los suspiros peligrosos de la entrega.
Y si vos supieras cuanto me costó reconstruirme el alma después de que él la pisoteara y arrastrara de un lado a otro según su deseo. Y si supieras cuanto me costó lanzarme al vuelo y volver a mirar con pasión. Y si entendieras que te llevaste los reproches nostálgicos para abrir una puerta nueva. Quizá ahí y sólo ahí lastimarías menos.
Y si él supiera que llegué a ese no a fuerza de sangre y lágrimas. Que lo lloré noches enteras y lo ahogué en almohadas y en escritos viejos. Si él entendiera que todavía puede robarme pensamientos, aunque menos intensos y más olvidadizos. Quizá ahí y sólo ahí mediría sus palabras punzantes acerca de besos ingenuos y piropos salpicados de nostalgia.
Y que sepan los dos que no soy suya. Que no soy de nadie más que de mi misma. A fuerza de tropezones lo aprendí.
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