La impunidad que te dan los ojos, la que me saca del eje de la conversación para envolverme en las ganas que tengo de comerte la boca de un beso.
Me concentro, volvamos mejor a las risas de este juego estúpido: una palabra, una conversación.
Vuelven los azules a jugarme una mala pasada:
-Deja de mirarme así.
- ¿Así cómo?
- Así, con esos ojos y esa sonrisa.
- ¿Por? ¿Me vas a hacer algo?
- A mi no te me hagas el loco porque sabes que te corro por izquierda.
Otra pitada, otro trago. Volvamos mejor a reírnos como idiotas. Sigamos jugando. Punto para vos, punto para mí. Gané, decís.
- Dale que te llevo.
- ¿Sin frenos? Ni loca.
- ¡Justo vos me venís a hablar de frenos! Adrenalina, se llama.
Por alguna razón accedo a la agónica sensación de meterle al pedal en medio de la 9 de julio: Vos sentate en el manubrio y apoya la espalda en mis brazos. No pasa nada.
- ¿Y? ¿Fue tan terrible?
- Te quiero matar.
- ¿Segura?
Y esa mirada penetrante que sin desenfado alguno me roba un beso. Un beso, varios besos, de cuerpo entero y solo en la piel.
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