La tarde ardía con un sol que rajaba el asfalto de los
rededores del Congreso de la Nación.
Miércoles 13 de noviembre: última sesión
legislativa de la Cámara de Senadores.
De camino un cúmulo de imágenes me atravesaba el corazón. El
cuerpo de Maxi tendido en el piso de la
estación Avellaneda. A su lado, Darío acompañando su agonía al tiempo que con
una mano intentaba frenar la balacera asesina. La imagen de esa mano, la mano
que tiempo después pasaría a convertirse en símbolo indiscutible de nuestra
lucha, la mano del compañero, la mano que alguna vez alzaremos en forma de puño
para celebrar la victoria.
El fotograma de Pepe Mateos relataba toda la secuencia: la
corrida, el disparo por la espalda.
En una mínima distancia de espacio uno podía observar los
dos polos antagónicos del ser humano: de un lado; ese hombre más hombre que
cualquiera, con sus apenas veintiún años y la firmeza irrefrenable de la
convicción; del otro, la cobardía hecha uniforme, arma e institución.
Los medios de comunicación retrataban después ese momento en
el que arrastraban con orgullo a Darío, que todavía respiraba mientras la sangre
brotaba de su cuerpo. Lo que ellos no sabían es que esa sangre sería bandera y
canto revolucionario, desde ahí y para siempre.
Instantáneamente recordé la estación, lugar que conocí años
atrás. Uno puede pararse exactamente en el mismo lugar en el que Darío cayó.
Desde ese ángulo se observan los once años de lucha del Frente Popular Darío
Santillán para mantener la memoria viva. Porque en nuestras manos recae la
difícil tarea de no permitir que nadie, absolutamente nadie, pueda olvidar. En
ese lugar está prohibido olvidar a quiénes cayeron por todos.
Recordé decenas de momentos en la estación: alguien leía una
poesía, otro gritaba Presentes, más allá una mujer escribía que no están solos en
la pared. Miles de personas agitaban banderas de todo tipo y color para
expresar con firmeza que no nos habían derrotado. Una marcha de antorchas
iluminaba un camino que hasta en la noche se hace luz. Una goma ardía y ni
siquiera el frío de junio podía frenar que cientos de personas acamparan en la
bajada del Puente Pueyrredón.
Escuchaba en mi mente las palabras de Alberto mirándonos con
el amor de un padre que tiene cientos de hijos. Recordé los abrazos con Leo.
Caminé las 8 cuadras con la emoción cruzándome toda la piel.
¿Cuántas veces había caminado con la sensación de estar yendo a celebrar un
triunfo así de histórico?
Me encontré con las remeras rojas, con los bombos, la cumbia
y el cantito popular. No dejé de saludar compañeros, un abrazo atrás de otro,
un momento que estrechaba los nervios con fuerza y que repetía frases como:
“vamos que hoy sale”, “hoy festejamos, ésta es nuestra”.
Así fue como, con 49 votos a favor y sólo 2 votos por la
negativa, se hacía ley el cambio de nombre de la Estación Avellaneda por el de
Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. A las 16.35 hs vivíamos un
momento que va a trascendernos en la historia: Avellaneda, genocida y
responsable de la Campaña al Desierto, era sepultado de un pequeño espacio de
nuestro conurbano y reemplazado por esos dos piqueteros que son, nada más y
nada menos, la lucha que nos parió.
Y no será así sólo para nosotros -que hace años nos habíamos
apropiado de ese pedazo de cemento para aferrarnos a nuestra historia, la que
escriben y cuentan los de abajo- sino que será así para todos “y al que no le guste… se
jode, se jode.”
Hoy nos toca a nosotros sonreír, festejar y tomar impulso
para continuar con lo que falta. Esto no nos devuelve a los dos indispensables,
a los cientos de indispensables, que no están pero -y de esto estoy segura- nos
hace devolverles a ellos algo que por ética les corresponde. Esto los hace
dueños de un pedazo de historia. Para nosotros -los que creemos en la victoria
colectiva, los que seguimos demostrando que no están solos- esto debe servir
para seguir convencidos de una premisa irrefutable: si el presente es de lucha,
el futuro es nuestro.
Continuar su ejemplo.
Multiplicar su lucha.
Darío y Maxi presentes…
AHORA y SIEMPRE!


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