15 mayo, 2014

El cansancio como trampa descomunal que desborda de existencialismo. 
No es más tarde que otras veces pero mi piel, clavada de otoño, se hace más fina y estoy más cansada. 
La soledad pareciera ser un hueso torcido que me crece por las entrañas. 
Avanzo con el ímpetu de las olas... que siempre acaban por romperse. 
Me planteo el absurdo de vestirme de coraza cuando la tormenta me nace de adentro (por no decir que en realidad, a imagen y semejanza, la tormenta soy yo). 
No sé cuándo decidí requisar los escombros: soy muro que se hace muro. 
Construyó (o construimos) monstruos que aun sangran todos sus pecados. 
Llorar a lágrima viva, dice Oliverio. 
Son las 02.04 de la madrugada. No hay motivo aparente para estar despierta pero aquí estoy: montando una fiesta con todos mis fantasmas. 
Me digo que estoy sola pero en realidad convivo con todas esas infinitas versiones de mí. Y aunque quiera ganarle... siempre termino mostrando mi yo equívoco, el rasguñado. 
Perdón que te lo diga entre garabatos y frases monosilábicas, pero la verdad seria algo así: que yo no puedo ir de a dos porque todavía no puedo ir siquiera conmigo misma, a mi par.
No le temo a las noches porque aun conservo qué escribir, pero me pregunto qué pasará cuando se me mueran las palabras o cuando deje de culparlo...


Ahora debe aprender a enfrentarse a su vida 
y tener el coraje de decir: "así lo elegí". 
El espíritu de un hombre se construye 
en función de sus decisiones. 
El día que Nietzsche lloró

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