Y nos reímos de la vida... de la vida y del tiempo.
Nos reímos del tiempo, que parecía reírse de nuestras vidas.
Y no nos importaba porque estábamos estallados, porque nos dolían las costillas y las comisuras de las bocas, las bocas del tiempo.
Y nos dolían los amores y los des-amores, los encuentros y des-encuentros. Y nosotros nos reíamos porque todavía teníamos veinte años para recordar... y porque también podíamos reírnos de aquellos tiempos en los que no nos salían las risas. Y nos reíamos porque habíamos llorado juntos más de mil veces, pero habíamos reído muchas veces más.
Nos reíamos del tiempo y de ya no tener tiempo. De que un amigo se casa allá, de las responsabilidades, de escucharnos decir que quizá ya estamos grandes, o no tanto porque no queremos.
Nos reíamos de saber que entre nosotros siempre podemos ser (y qué gracia que nos hacía esa palabra...).
Y nos reíamos porque estábamos ahí, porque éramos un manojo de tristezas, porque nos habíamos sentido en el fracaso y porque cuando se toca el fondo con la punta de la nariz... sólo te quedan las risas.
Y que nos duela el cuerpo pero de reírnos. Y que ya no nos duela el alma porque nos tenemos, porque siempre nos tuvimos. Y porque somos como el imán y la limadura, porque el tiempo corre pero siempre nos llama a querernos y a compartirnos.
Y que brindemos por las calles del Oeste que se vacían en las madrugadas y se silencian para escucharnos reír. Por esas calles llenas de nuestros secretos, de nuestros ahogos. Por esas calles que nos liberan y nos hacen sentir tan niños, tan chocolates, tan dulces de leche.
Y que celebremos hasta el cansancio por saber reírnos, sobre todas las cosas, de nosotros mismos.
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