31 agosto, 2014

El hilo envuelve la noche entera y aprieta mordiendo nuestros huecos. 
¿Para qué las excusas si yo estaré pensando por debajo del vestido y tú estarás con el corazón entre las piernas? 
Me armo de desnudez y taquicardia; relincha el alma en el pecho que bombea rojo a mares. Te beso y en la boca me arde el miedo de su recuerdo; eso y la súplica en las entrañas.
Soy pura posesión, tierra seca y poco maleable. Me amarro a tu respiración y te hago sentir el pulso ahí; una guerra de dioses pequeños batiéndose a duelo en plena tierra. Lo grotesco del fuego en mis mejillas y en tus manos, garabateando en la piel otro instante de fugaz olvido. Instante en el que el silenció en sí es una idioma y a mí me basta mirarte para tocar pie en tus pensamientos, el pecho lleno de agitación  nos salvará de las palabras enredadas y las miserias ocultas de los dos.
Al final estaré tendida junto a mi temor y tampoco sabré en qué estarás pensando; quizá tampoco me importe demasiado porque guardo la descarada ingenuidad de alguien que aguarda la tormenta estando empapada; pero eso no lo sabés, que soy pura tripa y trizas. 
El corazón estallará en la mañana de la pasión improvisada. Había que detenerse en alguna cicatriz; para respirar, para volver a morir. Iremos entonces bien lejos para soltar nuestras sucias penas, para no escuchar sus gritos al llegar a nuestras casas.  

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