26 agosto, 2014

Queremos tanto a Julio

Pero hoy encuentro a Julio en todos los rincones. Está ahí, en la mente de los que probablemente poco lo han sentido. Dibujan una Rayuela quiénes no han pasado del segundo párrafo del primer capítulo. Hoy Julio se posa en los rostros de los que más de una vez han soñado con un beso de cíclope y con el temblor de los cuerpos como una luna en el agua.
Hablan sin saber que sólo tienen tres minutos. Se miran y se encuentran los Cronopios, los Famas y las Esperanzas; bailan juntos tregua y catala. Alguno será Gregorovius, Morelli, Etienne u Ossip. Caminan al encuentro las Magas y los Horacios sin saber que el amor es una sucesión de pequeños instantes de tragedia y algún suspiro. Sostienen la cuerda sin ser conscientes de que -inevitablemente- alguno la soltará y, claro; un puente no se sostiene de un sólo lado. Arrastran la erre así. Hoy Julio es un paraguas, un saxo, un gato, un fragmento; el amor y el des-amor.
Cuando me re-apropié de Julio lo hice sabiendo que, aún así, siempre sería otro poco de los dos. Ese Julio tan tuyo y tan mío, el de las noches eternas de amor-pasaporte, amor-pasamontañas, amor-llave, amor-revólver. Busqué tu recuerdo de hoy; ¿cómo no hacerlo? -además te quiero y hace tiempo y frío-.
Ahí están tus palabras de capítulo 21; Julio, el nexo incondicional que nos habla y nos toca por toda la piel y las uñas y los huesos. Te agarro por el miedo de olvidar; te suelto por el deseo de empezar. 
Te hablo como Lucía: no me importa si lo digo mal y te hacen reír mis palabras. Yo hablo como puedo, no sé decir lo que siento. 
Un millón de amantes se escriben ésto en todos los idiomas. Por las dudas llevo una Rayuela en la piel, para jamás olvidarme de la Tierra, la piedrita, el Cielo y la punta del zapato. Excúsame que nunca haya comprendido la simpleza de. 
Sin derramar una sola lágrima Julio vuelve a ser mío. Julio siempre vuelve para enamorarme todos los días, para enamorarme toda la vida. 

Entre la Maga y yo crece un cañaveral de palabras, apenas nos separan unas horas y unas cuadras y ya mi pena se llama pena, mi amor se llama mi amor... Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos y llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente? No, no hemos vivido así, ella hubiera querido pero una vez más yo volví a sentar el falso orden que disimula el caos, a fingir que me entregaba a una vida profunda de la que sólo tocaba el agua terrible con la punta de pie. Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo.

Rayuela, capítulo 21. 

Contestaré lo de siempre. Un tal Julio que rezaba nuestras buenas noches y nuestros buenos días:

Y que el placer que
juntos inventamos sea
otro signo de la libertad.

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