16 noviembre, 2014

No te escribo

No escribo porque no te escribo, porque no te hablo, porque no te digo. 
Siempre es como si las palabras y su tiempo estuvieran desajustadas.... 
Hablemos de cuerpo, de miradas, de manos: la carne no sabe lo que es la paciencia y la paciencia huye de la carne empobrecida de espera, se desprende en esa última gota y en ese último intento. 
Me pongo la ropa, me cierro el sexo, me tapo la boca, me guardo las ganas. Te observo. Te rozo la callada histeria por todos los flancos, la pena de no poder ser, el lomo que acaricia el peligro. 
Silencio. Hachazo. Forcejeo contra el impulso en la cervical. Me paro fuera del plano. 
Escribo porque no te escribo. Casi como si fuera el exorcismo que va arrancarme la piel y los pensamientos que no son ni serán tuyos; como si fuera a llegar la calma, el amanecer, algo que me salve de vos o de mí. 
Desfilan mis propios miedos, impúdicos y deshechos, cabizbajos, sigilosos.  
Intento salvaguardarme en algún momento de lucidez. Si hubiera aprendido a dejar de vivir en el límite hubiera dejado de ser yo. Ensayo y error. 
Estate tranquilo y sin miedos, voy de a pasitos para atrás y huyendo de mi propio cuerpo porque, ante todo, ya sé el final de la novela. Dejavú de lo que va a venir...


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