09 febrero, 2015

La soga de los muertos

La planta pareciera desparramarse dentro mío sin dejar rastros; entonces el enojo, la frustración, los sentidos expectantes. Oigo los cantos, observo que Dani vomita sin ningún tipo de esfuerzo, Tomás golpea acompañando al ritmo y Aldana llora tocando su panza. 
En una fracción de segundo el cuerpo se agita bajando la retaguardia para romper en llanto. Las lágrimas se amontonan en la boca del estómago y atraviesan esa inconsciente barrera impuesta por mí y sólo por mí.

Los recuerdos comienzan a dibujar pequeños círculos mientras me desmorono sobre mi espalda y sobre mis ojos, el Viejo se hace presente como una idea que me es imposible desplazar. 
Estábamos mirando el cielo -en ese momento yo también me detenía sobre los ventanales y los pinos ante una estrella que parecía moverse- y papá me contaba aquello que repetía siempre y que reflejaba su arraigo cristiano: los seres amados que ya no están se representan en la estrella más brillante. "Estábamos mirando el cielo" -me lo repito y me desplomo en llanto-. Soy un manojo de preguntas absurdas que me atraviesan con rabia: ¿por qué? 

Al parecer Wagner intenta despertarme pero ningún esfuerzo me devuelve la capacidad de comunicarme con el mundo exterior. 
Estoy tendida a su lado, pienso en despertarlo abriendo sus ojos como siempre. No quiero despertarlo... quizá es el miedo de que no suceda. Observo con atención la imagen borrosa y estiro mi mano como si pudiera acariciarlo. Él es la imagen de un hombre imponente y enorme que descansa dentro mío.

Ahora sí todo se vuelve nítido: estoy sentada al borde de la cama de mamá y tengo 7 años. Iris llora y la Vieja intenta explicarme lo inexplicable. Grito que no una y otra vez. Lloro con la impotencia del primer abandono y la promesa que rompió. En mi pieza Emi está sentado al lado de Abi que se deshace golpeando las puertas del placard, le pido que me abrace. Probablemente en ese momento deposité un peso excesivo sobre sus hombros, esa idea de que tenía que tragar su dolor para cuidarme. Pienso que éramos demasiado chicas y que es injusto aunque descrea de aquellos conceptos. 

Vuelvo a mirar a mi hermana que vomita. Pienso en las cosas que tuvo que vivir y las decisiones que tuvo que tomar, sé que quiero abrazarla. Me pregunto cómo hizo la Vieja para resistir y siempre resistir, para ser incondicional y estoica. 

Estoy despierta, Tomás vomita. Lo miro como si pudiera enfocar mi energía pero instantáneamente vuelvo a caer. Pienso en Seba y en las cosas que me dijo la última vez. Miro mis muñecas y encuentro la herida cicatrizada, rozo con la yema de los dedos como si pudiera acariciar algún reborde y besarme también las fortalezas. Me abrazo, me acaricio, me remiendo. 

Bostezo una y otra vez. El oxígeno entra a modo de espasmo, las costillas se abren y todo ingresa con la misma fuerza con la que vuelve a salir, tocando cada uno de mis órganos. 
Una sensación de alivio me recorre, todos están ahí; familia, amigos, compañeros. Pienso que hasta podría escribirles, que necesito decirles otra vez que les agradezco, que son el cable a tierra, el bastón, la caricia, el abrazo. 

La planta, aún dentro del cuerpo, continúa dejándome a flor de piel. La garganta que se cierra y los ojos que se inundan con los brazos de él envolviendomé. Él me abraza esta congoja de vida destartalada, me besa los miedos y me dice que todo va a estar bien -pareciera ser que es lo único que necesito escuchar-. Es único porque también me agradece que le entregue mis miserias, me quiere también cuando me ardo por dentro brotada de frustración.

Me enojo, 
pataleo, 
me enrrosco, 
me abrazo 
y me entrego a esta especie de sueño, de pequeña muerte, de fugaz olvido: constantemente la vida es volver a empezar. 

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