19 febrero, 2015

Todo encaja

En esa escena que se vuelve estética de perfección. 
Una franja de luz tenue que atraviesa el incendio de los cuerpos ahí, 
donde la línea que nos divide se vuelve imperceptible, 
donde tu pecho pareciera ser una continuación de mi espalda 
y la yema de mis dedos se aprieta en el violeta de la pared. 
Las manos que se encuentran, 
la violencia de tu boca embarrándose en mi cuello,
la punta de mis pies abrazando el colchón,
las uñas implacables buscando conquistar los territorios de la piel, 
la mueca que oscila entre el dolor y el placer, 
la presión en la garganta, 
el grito, 
tu respiración, 
mi respiración, 
tocar, 
abusar, 
morder,
la plenitud de lo bello entre los muslos,
cada órgano de mi cuerpo humedeciéndose... 
Esos minutos de desesperación, 
ese segundo de amor,
de no ser más que eso, 
de admirarnos en el mismo pensamiento,
de abandonarnos todos los amores y desamores, 
los miedos, 
los tiempos. 
Este intento de descripción que no basta, 
cronista de batallas,
como si pudiera explicarse el arte de no escapar. 
La seguridad de querer perpetuarnos, 
de dejarnos una marca que nos resignifique en el tiempo
y en las historias; para escribir, para contar. 
El tiempo acortándose o alargándose, 
mis ganas de multiplicar las noches, 
de volverlas infinitas.
Mirarnos como si quisiésemos encontrar
el hueco en donde vamos a guardarnos
cuando ya no seamos 
y tengamos que recordarnos. 
Eso que no te digo, 
que se atora en la garganta
y no pasa de mis labios mordiéndose. 
Lo que nos decimos: 
ojalá esté lejos el tiempo de las renuncias. 
Y ahí descansan todos los agobios, 
las diferencias, 
los que no fueron, 
los que son, 
las inseguridades. 
Despreocupados por la caída, 
creyéndonos la belleza de la libertad, 
acortando las distancias en un abrazo. 
Lo mismo hundirnos, 
lo mismo salvarnos.
Cuando estamos dispuestos a ardernos,
todo encaja. 

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