A veces el derrumbe es delicioso, muros por dentro,
vértigo y caída.
Me acerco hasta ahí y soy entonces la implosión y mi propio
descargo; los nervios expuestos, la piel tirante, el monstruo que ladra y
hiere.
Cargamos como un ancla el ayer que todavía nos duele. Somos punzantes para encontrarnos y darnos la
vuelta en las esquinas y las calles. Aun no sabíamos que también podíamos hallarnos
por fuera de los mapas, inventarnos desde las entrañas, odiarnos el domingo
antes de barajar y dar de nuevo.
Otoño es el sol a cuentagotas, la noche llegando antes de
tiempo, el abrazo de despedida y la improvisación de unos besos en la espalda
que lamen la herida de un cuerpo que descubrió nuevas hambres y a la libertad
como el mejor de los escenarios.
Asomarnos los unos y los otros sin arnés aparente,
aguardando quizá la peor parte de esta caída infinita antes de fijar los pies,
helados, en la tierra.
Entretanto aliviamos la carga a través de los verbos,
como si no nos bastaran las miradas.
Reescribo las heridas para fijar nuevos
límites y entonces, quizá, ser la arquitecta de mi próximo desamparo.
Abandonar las recetas, destrozar el propio estándar de la
cordura, arrojarse a la incertidumbre de los sentimientos como volcanes y
arrancarle toda la belleza a nuestros fracasos.
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