31 marzo, 2015

A veces el derrumbe es delicioso, muros por dentro, vértigo y caída. 
Me acerco hasta ahí y soy entonces la implosión y mi propio descargo; los nervios expuestos, la piel tirante, el monstruo que ladra y hiere.
Cargamos como un ancla el ayer que todavía nos duele.  Somos punzantes para encontrarnos y darnos la vuelta en las esquinas y las calles. Aun no sabíamos que también podíamos hallarnos por fuera de los mapas, inventarnos desde las entrañas, odiarnos el domingo antes de barajar y dar de nuevo.
Otoño es el sol a cuentagotas, la noche llegando antes de tiempo, el abrazo de despedida y la improvisación de unos besos en la espalda que lamen la herida de un cuerpo que descubrió nuevas hambres y a la libertad como el mejor de los escenarios.
Asomarnos los unos y los otros sin arnés aparente, aguardando quizá la peor parte de esta caída infinita antes de fijar los pies, helados, en la tierra.
Entretanto aliviamos la carga a través de los verbos, como si no nos bastaran las miradas. 
Reescribo las heridas para fijar nuevos límites y entonces, quizá, ser la arquitecta de mi próximo desamparo.
Abandonar las recetas, destrozar el propio estándar de la cordura, arrojarse a la incertidumbre de los sentimientos como volcanes y arrancarle toda la belleza a nuestros fracasos.


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