27 abril, 2015

No me des tregua, no me perdones nunca. 
Hostígame en la sangre, 
que cada cosa cruel sea tú que vuelves. 
¡No me dejes dormir, no me des paz! 
Entonces ganaré mi reino, 
naceré lentamente. 
No me pierdas como una música fácil, 
no seas caricia ni guante; 
tálame como un sílex, desespérame.

Y entonces consumo mi día con la invasión de este pensamiento que nos atraviesa. Que todo eso del amor incontenible, que tanto solemos teorizar en nuestros momentos horizontales, no sea más que una excusa para aferrarnos a este sentimiento de angustia latente.
Con cada una de tus vueltas vuelven también los fantasmas y las miserias. El hueco recobra su entidad, la lucha conmigo misma, el rechazo propio que se refleja en tus ojos, el odio contra tu cuerpo, la certeza de saber que pronto nos iremos y todo será círculo y caída. 
Nos decimos todo eso que ya sabemos y nos juramos la última vez en todas y cada una de las veces. 
Lo noto en las palabras que usamos para dejarnos -somos dos extraños que se saben de memoria-; el dolor pareciera ser siempre el de la primera vez.
No es novedoso esto de que no alcance lo que podemos ofrecernos, nunca aprendimos a querernos. 

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