Debiera saberse que las palmas de las manos están repletas de surcos y que las palabras empuñan recuerdos de versiones tóxicas y desafiadas/desafiantes.
Y entonces esta angustia de miedo a todo que barre y aplasta; autopsia de elecciones, penas, miserias. Un equivocado pero implacable grito de tiempo perdido y un cuerpo que hierve la súplica de oírse por dentro.
Y decirme que
Construí el adiós
y abandoné las seguridades
y fui arquitecta
y esclava de mis propias convicciones.
Me adentré confundiendo calles
y acertando formas,
inventándome
y reinventándome;
toda mía.
Emborraché noches,
amanecí resacas
y supe sentirme vacía.
Y anduve sin buscarte pero sabiendo
que andaba para encontrarte
y te entregué hasta la sangre en
aquel mayo por demás frío.
Y desbordé de felicidad de éxtasis
y desperté las mañanas amándote
más que en las noches.
Nos supimos de memoria,
hambrientos y revolcados
exprimiendo el segundero de las madrugadas.
Y fuimos el fuego y la magia,
Julio, Joaquín, Serrat
y nuestro ritual de los jueves,
el helado y el color de éstas paredes,
fuimos la risa, el abrazo, la palabra.
Y cuando las palabras no alcanzaron
nos hablamos las manos y el gíglico
esparcido en pequeños papelitos de papel.
Y fuimos la primer noche en éste
y otros cuartos y esquinas.
Y nos lamíamos las heridas
y le encontrábamos el significado a los sueños.
Fuimos todo eso que el tiempo aplastó,
Nos infectamos
y nos fabricamos miserias tóxicas y crónicas
y mentiras y miedos y carne viva.
Y nos volvimos círculo
y discurso repetido,
desnutridos, impuros.
El antes y el después en cada definición del amor.
Y entonces fui roca y muro
y me regocijé en el hueco,
amaneciendo excesos.
Y llené las agendas para odiarnos
menos al llegar a casa.
Festejé todos los días de la semana
antes de maldecir los domingos.
Y fui la desintoxicación,
emergí de las ruinas y
me acepté el dolor.
Y del adiós nacieron otros
tantos significados y significantes,
historias paridas y desencuentros.
Fui aplacando el odio porque aplaqué el amor
y me aprendí de ausencias.
Y dibujé para siempre una Rayuela
que dice que el Paraíso está ahí,
a la vuelta de todas las esquinas.
Me descubrí renacida y aprendiz,
apreté los dientes y reconstruí el idioma,
prendí hogueras y aprendí a dormir
enroscada a otro cuerpo.
Supe aceptar que ahí descansan las heridas,
hice pie y me entregué al pulso acelerado
y a la angustia de la incertidumbre,
al vértigo y a ser extranjera de su carne.
Me volví amnésica con tu regreso
y supe estar calma y mirarte con amor
y rabia y rechazo propio y ajeno.
Y necesité los excesos
y también sus palabras.
Debiera saberse que uno puede partirse y perderse y convencerse y desilusionarse. Debiera saberme de memoria para respirar y evaluarme este pensamiento de fuga de amor.
Y la súplica por dentro, y este ardor... y escucharme... y decirme... y calibrar la balanza antes de saber si ya es tiempo de bajar el telón.
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