06 mayo, 2015

39°

Debiera saberse que las palmas de las manos están repletas de surcos y que las palabras empuñan recuerdos de versiones tóxicas y desafiadas/desafiantes. 
Y entonces esta angustia de miedo a todo que barre y aplasta; autopsia de elecciones, penas, miserias. Un equivocado pero implacable grito de tiempo perdido y un cuerpo que hierve la súplica de oírse por dentro. 

Y decirme que

Construí el adiós 
y abandoné las seguridades
y fui arquitecta 
y esclava de mis propias convicciones.
Me adentré confundiendo calles 
y acertando formas,
inventándome 
y reinventándome; 
toda mía. 
Emborraché noches, 
amanecí resacas
y supe sentirme vacía. 
Y anduve sin buscarte pero sabiendo
que andaba para encontrarte
y te entregué hasta la sangre en 
aquel mayo por demás frío. 
Y desbordé de felicidad de éxtasis 
y desperté las mañanas amándote
más que en las noches. 
Nos supimos de memoria, 
hambrientos y revolcados
exprimiendo el segundero de las madrugadas.
Y fuimos el fuego y la magia, 
Julio, Joaquín, Serrat 
y nuestro ritual de los jueves, 
el helado y el color de éstas paredes, 
fuimos la risa, el abrazo, la palabra. 
Y cuando las palabras no alcanzaron
nos hablamos las manos y el gíglico 
esparcido en pequeños papelitos de papel. 
Y fuimos la primer noche en éste
y otros cuartos y esquinas. 
Y nos lamíamos las heridas
y le encontrábamos el significado a los sueños. 
Fuimos todo eso que el tiempo aplastó, 
Nos infectamos 
y nos fabricamos miserias tóxicas y crónicas
y mentiras y miedos y carne viva.
Y nos volvimos círculo
y discurso repetido, 
desnutridos, impuros. 
El antes y el después en cada definición del amor. 
Y entonces fui roca y muro
y me regocijé en el hueco,
amaneciendo excesos. 
Y llené las agendas para odiarnos 
menos al llegar a casa. 
Festejé todos los días de la semana
antes de maldecir los domingos. 
Y fui la desintoxicación, 
emergí de las ruinas y
me acepté el dolor. 
Y del adiós nacieron otros 
tantos significados y significantes, 
historias paridas y desencuentros. 
Fui aplacando el odio porque aplaqué el amor
y me aprendí de ausencias.
Y dibujé para siempre una Rayuela 
que dice que el Paraíso está ahí, 
a la vuelta de todas las esquinas.
Me descubrí renacida y aprendiz, 
apreté los dientes y reconstruí el idioma, 
prendí hogueras y aprendí a dormir 
enroscada a otro cuerpo. 
Supe aceptar que ahí descansan las heridas, 
hice pie y me entregué al pulso acelerado
y a la angustia de la incertidumbre, 
al vértigo y a ser extranjera de su carne. 
Me volví amnésica con tu regreso  
y supe estar calma y mirarte con amor
y rabia y rechazo propio y ajeno. 
Y necesité los excesos
y también sus palabras. 


Debiera saberse que uno puede partirse y perderse y convencerse y desilusionarse. Debiera saberme de memoria para respirar y evaluarme este pensamiento de fuga de amor. 
Y la súplica por dentro, y este ardor... y escucharme... y decirme... y calibrar la balanza antes de saber si ya es tiempo de bajar el telón. 

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