Darío se asoma despacito. Irónicamente lleva puesta una remera del Frente. Se ríe; lo está buscando a Pablo.
En un cuartito del tercer piso de Santiago del Estero 866, Luca y yo escribimos un documento que pareciera tener mil hojas. Hace frío.
Me basta pensar en junio para soñarlo.
Darío como aquella figura de seguridad ante tanta contradicción; Darío-mano, Darío-piedra, Darío-palabra, Darío-bandera, Darío-grito.
Banderas rojas, banderas negras. Decime que eso no es amor; el grito de Marcial en su garganta inconfundible, las ojeras del Turco y la Monchy subiendo y bajando del escenario, ese mate que Raly ceba religiosamente y un pogo de cumbia piquetera que agita que la lucha se hizo alegría.
Ese pedazo de Darío y de junio ardiendo rojo en las espaldas; y ese Puente helado del sur -que se corta para no cortar el dulce hilo de la vida- encendiéndose de antorchas en plena madrugada.
¡Qué cosa Darío, volviéndose siempre por encima de nuestros ojos! Sonriendo hasta en los sueños para susurrar aquello que no se olvida: que la tristeza no debe ser unida nunca a nuestro nombre.
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