24 junio, 2015

Lectura a media voz, casi pareciera tener de lado tu respiración (quizá es eso de que siempre dejes tu olor en las almohadas). Enseguida me quedo muda. Un pequeño instante de inexistencia absoluta. Una verdad expuesta que nos arrastra hasta esta pequeña muerte; justo antes de morirnos del todo. Una mentira ínfima que me sentencia otra vez los miedos y me entrega a ese hueco que siempre me recuerda tan suya. A este ahora en donde la distancia se vuelve destino inevitable y la enkrateia vuelve a saberse bandera de todos los pensamientos. 
Y vos ahí, hablándome más con el silencio que con las palabras que a veces usas de más. Un poco es eso, ¿no? Usamos las palabras de más, desvencijamos un poco el arte de decirnos. Pero eso sí, el silencio que mantenes por estas horas... 
Fabrico la huida mientras intento ponerle letra a los primeros daños. Debería decirte que siempre creí que teníamos la habilidad de dibujarnos mejor en las tormentas, que nuestras mejores construcciones no nacían de nuestros esfuerzos sino de eso de amarnos así a pesar de.
Quisiera aferrarme a esa felicidad perfecta que me dan el vino y tu voz cuando se encuentran en una cama deshecha que siempre nos cuenta un poco más, al reflejo de admirada libertad con el que me miro en tus ojos, a tu abrazo calmante de abismos. Cuando te defino con esas palabras se vuelve absurdo todo lo demás, sobre todo esto que pareciera ser una incierta despedida. 
Si te defino así me convierto entera en esta congoja que me provoca esto de sentirme perdida por un momento, en el caos que construyo aquí dentro y que contiene todo lo que puede salvarme y todo lo que puede hundirme. 

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