Arder sí.
Arderte la mirada y los labios.
Arderte el perfume y la intranquilidad.
Arderme de ansiedad y desvelo.
Al ardor hay que clavárselo en el cuerpo, encontrarlo en las esquinas y los bares, sostenérselo en la mirada y empapárselo todo lo que dure.
Nunca pretendo salirme ilesa, nunca podré caer más bajo que su corazón.
Antes de socorrer a ese instinto salvaje de salir corriendo me amarro a esta madrugada, a la lluvia de balas y palabras sin acento.
Arderme de ese impulso de estirar la punta de los pies y apenas rasguñar cielo.
Y volver, eso sí; siempre volver.
Planta clavada en tierra y refugio. Me someto, me obligo, me ordeno.
Lo que se tatúa en la piel no olvida; está ahí para recordarte a cada segundo que no existirá la clemencia y que el pasado está ahí porque enseña a fuerza de sobredosis de insomnio.
No me sostengo el deseo, lo abrazo. Mordiéndome el labio, repasando todas las cosas que jamás voy a decir.
Arderse también había sido fuego y dolor.
Arderse de vida y de muerte.
Arderse toda esta secuencia incoherente.
Dejar ser al sinsentido, desparramarse,
quedarse quieta ahí sin dar ese suspiro que siempre acaba por estar de más.
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