27 noviembre, 2014

Arder sí

Arder sí. 
Arderte la mirada y los labios. 
Arderte el perfume y la intranquilidad. 
Arderme de ansiedad y desvelo. 

Al ardor hay que clavárselo en el cuerpo, encontrarlo en las esquinas y los bares, sostenérselo en la mirada y empapárselo todo lo que dure. 

Nunca pretendo salirme ilesa, nunca podré caer más bajo que su corazón. 

Antes de socorrer a ese instinto salvaje de salir corriendo me amarro a esta madrugada, a la lluvia de balas y palabras sin acento. 

Arderme de ese impulso de estirar la punta de los pies y apenas rasguñar cielo.

Y volver, eso sí; siempre volver. 

Planta clavada en tierra y refugio. Me someto, me obligo, me ordeno. 
Lo que se tatúa en la piel no olvida; está ahí para recordarte a cada segundo que no existirá la clemencia y que el pasado está ahí porque enseña a fuerza de sobredosis de insomnio. 

No me sostengo el deseo, lo abrazo. Mordiéndome el labio, repasando todas las cosas que jamás voy a decir. 

Arderse también había sido fuego y dolor. 
Arderse de vida y de muerte. 
Arderse toda esta secuencia incoherente. 
Dejar ser al sinsentido, desparramarse, 
quedarse quieta ahí sin dar ese suspiro que siempre acaba por estar de más. 


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