08 diciembre, 2014

Esa mezcla de placer y dolor

Te pienso y me muerdo los miedos pero no la lengua.
Soy puro naufragio: fuego y ceniza, agua, tierra, cielo, terror, sonrisa. Una mera contradicción, un manojo de deseos atados y contra-impulso.

Siento la yema de tus dedos rozando mi espalda, recorriendo millas y millas de temblor. 
El hueso torcido de soledad, el hueco profundo; casi como si pudieras tocarlo y sentirlo, como si él te gritara que no me toques y no me mires porque yo le pertenezco. No soy mía, soy suya. 
Insistís y me besas en plena guerra. Apreto fuerte los puños porque no encuentro otra forma de hacer soportable esta discusión interna que desata tu piel contra mis vacíos, todos, uno por uno.

Estamos ciegos y obstinados, entregados a nutrir la nada, a tramar la vida y no su muerte.
A mí el pecho me late a mares, a vos te late entre las piernas.
Me miras y escarbas ahí en la cicatriz. Querés que te diga, que te mire y que te diga –no sé qué querés que te diga-. Descorrer el velo, quitar el antifaz, rasguñar el muro; que te entregue los dolores como si con eso bastara para liberarlos. 
Mucho menos entiendo estas ganas de decirte y de explicarte que quizá no estaría mal que tuvieras el amparo propio de salir corriendo. 
Me quedo -¿por qué me quedo?-

Esa suerte de ficción se nos hacer carne y nos hace bellos. Estamos también estafándonos un poco. Hay algo emocionante en ese temor de precipicio incierto.
No me querés santa ni perfecta. Nunca te conformas con mi versión de mujer tamizada, me ansias ahí y en carne viva. Los nervios vistosos y los tendones hirviendo para morderlos un poco más.
Somos exactamente inexactos.

¿Acabaremos doliéndonos o calmándonos?

-¿Y por qué yo vuelvo a pensar sólo en cómo acabará?-

No hay comentarios:

Publicar un comentario