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Algo así debí haber escrito aquella vez, algo que no entendieras. Creo que nunca te dije que decía algo así como: Yo me había enamorado de vos.
¡Hubiera sido tan sencillo! Si hubiera podido decirte que te quería... si hubiera podido pedirte que te quedaras... Pero no. A vos te tocó conocerme empapada de miedos y distante, sobre todas las cosas de mí.
Ese es mi vago balance de fin de año, nada menor.
Por eso ahora no me guardo las palabras y te escribo. Estaba difícil hacer el balance sin encontrarte ahí. Tomo aire y te escribo que te quiero -y que te quise- y te agradezco por haberme acompañado. Y me toca leerte; leer que fui importante y que el esperas que el tiempo todo lo cure (¿me estás diciendo que todavía no lo curó?). También me toca pedirte perdón por haberte zamarreado la vida, sin siquiera dudar que así fue.
Ahora me agarro fuerte para no escapar. Me quedo con él que por alguna razón supo cómo acariciarme y le digo ahora que lo quiero y no seis meses después.
El 2014 no tiene mucho de palabrerío romántico y metafórico. Es un poco más bruto. Fue el año de los miedos, de los cambios, de la construcción del espíritu a partir de las decisiones, de la reconstrucción. Año de abandonar las seguridades y lanzarme un poco ahí, a la vida ¿vio?
Fui puro aprendizaje. Del logro al cansancio, del cansancio al enojo, del enojo a la lágrima, de la lágrima a la decisión, de la decisión al impulso, del impulso a todo esto que mayoritariamente no puedo controlar. Alguien podría sonreír mientras lee: que no puedo controlar.
Aprendí a decir que me iba y también aprendí a decir que decidía quedarme. Y sobre todas las cosas aprendí a decir te quiero y tengo miedo y tengo miedo de quererte. Y con vos aprendí a pedir que te quedes y a torcerle el hueso a todo lo demás.
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