03 enero, 2015

Hacer-el-amor

Te escribo en estas horas en donde sólo tu nombre pareciera ganarle a la madrugada. Siento de lado otra respiración, cuerpo rígido que pareciera estar incluso más distante que vos en este preciso pensamiento que llena el vacío de alguna noche anterior. Él estaba mucho más expectante ante mi notoria falta de atención y entonces me advierte distraída antes de rendirse y cerrar los ojos. 

Lo de hacer el amor había quedado en el puesto número mil de la lista de verbos. Creía mantener la sensación de aquella noche en que otro había dicho que se iba pero no se fue. No había podido irse porque tenía lágrimas en los ojos y me besaba como si en verdad supiera que era la última vez aunque ninguno de los dos hubiera podido decirlo. A estas alturas pensar en si el tiempo curó o no curó es malgastar las energías, si había querido o no ya no era lo importante: una elección es una elección y él la había tomado pese a jamás habérselo exigido. El acto en sí pasaba a segundo plano relegado ante el recuerdo de la ropa cayendo por el pasillo, mi cabeza en su pecho y su brazo enrroscandomé. Fue la última vez que lo usé. - en realidad hacer el amor es deshacerlo, convertirlo en factible, condenarlo a los gestos de un agitado suceso, reducirlo a su mínima expresión-. 

En definitiva hacer el amor me parece  excesivo y cojer un reduccionismo que equivale a este vaso de vino que se volcó. Una cosa es la sutileza con la que se bebe de cualquier vaso como si fuera una copa y otra cosa es esa mancha en el piso y el olor a pucho y a exceso. 
Me estaba contando algo realmente interesante pero no pude escucharlo y entonces... esa pregunta acerca de qué pienso que el 80% de las veces no puedo responder. Se vuelve inevitable sonreír cuando digo "nada" porque enseguida recuerdo eso que me contaste y pienso en que todo ser humano debería someterse a todos esos años de meditación para conseguir efectivamente pensar en nada. Sobre todo vos y sobre todo yo que pensamos demasiado acerca de cada cosa que nos sucede a cada momento, el hecho más insignificante, por ejemplo; ese vaso que se volcó y la mancha en el piso cobrando un significado por demás absurdo. No es un vino barato pero tranquilamente podría haberlo sido para que yo no esté lamentándolo ahí, tan innecesariamente desparramado y obsceno. Por lo bajo pienso que no tengo remedio. Contesto que nada mientras en realidad pienso en que por lo menos no me tocó ser a la que menos y en esa mínima esperanza de haberme hecho hueco en tu almohada alguna noche, de que me extrañes o desees profundamente estar acá acariciandomé y desviando por completo mi atención hacia vos, ignorando el vino y la mancha en el piso. 

Hacer el amor debe ser parecido a ese abrazo que nos damos después de. Algo así como la yema del dedo apretando fuerte el exacto lugar en que nos rasguñamos tan sólo minutos antes, mis pocas ganas de soltarte, mis muchas ganas de saber en realidad en qué pensas y mi incapacidad de preguntarlo por miedo a escucharte decir algo que rompa el hechizo. Y también debe ser eso de leernos sin haber derramado una sola gota de vino o de no distraerme en otro pensamiento que no tenga que ver con el exacto momento en que me contás lo que me estás contando y en que a partir de eso te conozca un poco más, escribirte atravesada por una respiración que no reconozco y esta absoluta convicción de que no puedo prohibirte que lo leas.

En fin, hacer/el verbo más útil de todos los tiempos elamor/el concepto más manoseado de toda la historia. La mancha de vino tendida en el piso y yo acá, intentando poder definir con palabras todo este carnaval de pensamientos que terminan siendo nada/quizá la respuesta más absurda.


Y una vez más Julio teniendo la razón: 
Nada, realmente nada, 
pero sucede que nada más nada 
no da nada sino que a veces 
da un poquito de algo. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario