Somos ajenos. No nos pertenece este insomnio ni el juego de palabras que no conocen colchón. No somos nada más que este pensamiento abstracto de buscarnos uno en el otro. Probablemente nunca seamos más que la imagen que nos recreamos mutuamente antes de amanecer y dar de nuevo, lo morfológicamente perfecto y racionalizado, una estructura de palabras diagramadas que complementan esta crisis de lo real cayendo por su propio peso.
"Lo real cayendo por su propio peso"; algo así debí haberle dicho a Lucas cuando la otra noche volvió a aplastarme con el problema de los tiempos y el avasallamiento. No sería capaz de cuestionarle la realidad. Los tiempos, esos que vos decís... mis tiempos que no son tuyos o, peor, los que sí.
En el medio llega su mensaje agotado de colapso mental y cuerpo desencajado y las palabras que usas te vuelven más propio y real que su mano en mi espalda. La empatía de estar viviendo el mismo tiempo, un poco allá y otro poco acá.
Somos ajenos pero nos pertenecemos en la angustia compartida y nos alimentamos de aquello que no somos ni seremos. Somos cientos de kilómetros de una idea desmontable que nos dibuja a imagen y semejanza y que puede desmoronarse en esa primer mirada que jamás existió.
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